SOCIEDAD

“Poca voluntad política” en Fuerteventura para eliminar barreras arquitectónicas y mentales

Manolo Saavedra, que fue director de la ONCE en Fuerteventura, denuncia que se incumplen las normas de accesibilidad y critica el desinterés institucional para convertir a la Isla “en un lugar para todos”

Saavedra pide al presidente del Cabildo “que si no hace nada que por lo menos no estorbe y piense en recuperar el convenio o rubricar otro similar que esté dirigido a convertir la Isla en un lugar para todos”

Pía Peñagarikano 0 COMENTARIOS 20/04/2018 - 07:31

El que fuera director de la ONCE en Fuerteventura, Manolo Saavedra (Puerto Cabras, 1955) pasea por la ciudad pertrechado por su compañero canino, Lope, blandiendo su bastón para sortear farolas, parquímetros y obstáculos diversos en un entorno que se vuelve hostil a cada paso. Aquejado de una retinosis pigmentaria desde los 16 años, que lo dejó completamente ciego hace dos décadas, insta al presidente del Cabildo majorero, Marcial Morales, a recuperar el convenio firmado por la anterior Corporación insular con la Fundación ONCE “o rubricar otro acuerdo similar que esté también dirigido a convertir la Isla en un lugar accesible”.

A pesar de la patología, Manolo -ya jubilado tras ejercer en la Organización Nacional de Ciegos como empleado, líder sindical y luego directivo- siempre ha sabido disfrutar de la vida y en la actualidad elude todos aquellos compromisos que le puedan impedir hacer lo que le “apetece hacer”. La única obligación que mantiene es la de acudir disfrazado cada año al kiosko de la Iglesia de Puerto del Rosario una semana antes del inicio del carnaval, acompañado de sus incondicionales Jorge Sastre, Juan Manuel Rodríguez y Pedro Oramas, para anunciar la llegada de las carnestolendas.

Las escuevas, la playa y el fútbol, además de sus siete hermanos, dieron forma a la feliz infancia de Manolo, transcurrida en la tranquilidad de Puerto Cabras. Tiempos duros de posguerra que obligaron al muchacho, finalizados los estudios primarios y dominada la escritura a máquina, a comenzar a trabajar a los doce años como cobrador para la empresa Tadeo y, posteriormente, para la corresponsalía del Banco Hispano Americano.

Entre números y pagarés se hizo hombre de repente al descubrir, a los 16 años, que comenzaba a perder la vista y que sufría de una patología hereditaria compartida con una hermana. La pérdida progresiva de visión, con nombre de retinosis pigmentaria, fue una enfermedad “muy difícil de aceptar”. “Yo quería ver, quería trabajar, no quería reconocer la realidad”, recuerda con emoción. Su carácter y el orgullo le impidieron sucumbir y aceptar el subsidio económico dispuesto entonces para estos casos por lo que, tras desempeñar distintas tareas en condiciones cada vez más difíciles, se fue a El Aaiún a encontrar trabajo cuando comenzó a escasear la faena en la Maxorata.

Con el dinero que sacó de un ventorrillo en fiestas compró el pasaje. Tenía 17 años y una novia que dejaba en la Isla. Consiguió trabajo en un bar que le procuró ingresos, relaciones sociales y tiempo libre para escribir con su máquina a la destinataria de su amor y desvelos aunque precisaba de la ayuda de un amigo que le leía las carta que le devolvía, sonríe pícaro. Se casaría con ella después de la evacuación del Sahara, en 1975.

Tras una breve estancia de nuevo en tierras africanas, se convirtieron en padres de la pequeña Yolanda y se asentaron definitivamente en Puerto del Rosario, donde abrieron el bar San Roque, ubicado en la calle Cervantes. “Tenía que hacer todo; traer el pescado, cargar las bolsas del mercado, pero no era un negocio boyante, justo daba para subsistir”.

En 1977, acabó trabajando para la ONCE como vendedor de cupones. “Un trabajo que yo no quería al principio porque no estaba bien visto, te trataban como el pobrecito ciego, vamos a comprar para ayudarle”, rememora. Los ingresos mejoraron y el matrimonio pudo hacer frente a los gastos derivados del nacimiento de Edmundo en 1980.

Dejar de ser el pobrecito ciego

Con la llegada de la democracia, la ONCE también sufrió un proceso transformador que llevó a Manolo a convertirse en líder sindical de la Unión de Trabajadores de la organización en Fuerteventura, entidad integrada posteriormente en la UTO-UGT. Asumió con firmeza su papel reivindicador: “Estaba todo por hacer, y los trabajadores estábamos muy implicados”.

Fruto del movimiento generalizado, también en la península, se realizó en 1984 el primer sorteo de ámbito nacional con un cupón de cuatro cifras y un premio establecido en 200.000 pesetas (1.200 euros) por boleto. “Fue la bomba, porque socialmente dejamos de ser los pobrecitos. Ya la gente buscaba un producto atractivo y hacía cola para conseguir un cupón”, insiste vehemente. Un año más tarde, se creó el cuponazo del viernes, con cinco cifras, lo que supuso otra destacada mejora: “Dejar de trabajar los sábados y, con una jornada de ocho horas, el pobrecito ciego dejó de ser el pobrecito ciego”. Así, de ser un trabajo denostado pasó a ser un empleo muy preciado “y la gente ya quería entrar a vender cupones”.

El afán por lograr la suerte y buscar el enriquecimiento por la vía rápida de una sociedad que se abría al consumismo llevaron a la creación de numerosos productos de azar, como los bingos, que obligaron a la ONCE a competir con nuevas propuestas y a buscar la implicación de su plantilla. De esta forma, en 1988 se creó la Fundación ONCE destinada a eliminar las barreras arquitectónicas y financiada a través del tres por ciento de la recaudación obtenida con la venta de los diversos productos de la organización.

Poco después, Manolo se enfrentaba al divorcio de su primera esposa y a ejercer la patria potestad de sus hijos, que eligieron quedarse con su carismático padre. En el plano laboral, se alzaba como líder sindical formando parte de la Ejecutiva de UGT y representando a los 58 trabajadores y afiliados que llegaron a integrar la delegación de la ONCE en Fuerteventura.

Fueron buenos tiempos que culminaron en 2005 con la inauguración de las nuevas instalaciones de la entidad, ubicadas en la calle Luis Vives, sobre una superficie de más de 300 metros cuadrados para albergar oficinas, secretaría, almacén y taquillas. Manolo estrenó delegación y, un año más tarde, el cargo de director general de la ONCE en Fuerteventura. Una labor que desempeñó hasta su jubilación en 2014 y que coincidió con el cierre de la delegación majorera, que pasó a depender de la de Lanzarote al no poder superar, como tantas otras en el Estado, la grave crisis económica.

Labor social y Carnaval

Su intensa implicación con la ONCE no le impidió compaginar su actividad con la presidencia de la asociación Amigos Sociales de la Maxorata, ASOMA, constituida para ayudar a personas con discapacidad y centrada en la creación de manualidades, cerámica y otras artes que se ponían a la venta en el mercado. Una labor que compartió con Jorge Sastre, su amigo incondicional y compañero de fatigas. Conforma, junto con Juan Manuel Rodríguez, Pedro Oramas y el propio Manolo, el grupo autodenominado “El Viernes Antes”, pues anuncia con días de antelación la llegada del Carnaval de Puerto del Rosario.

Imbuidos del espíritu de don Carnal, el viernes antes del inicio de las fiestas los cuatro amigos hacen cada año acto de presencia con sorprendentes disfraces en el kiosko de la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario. Una tradición forjada a lo largo de más de tres décadas “paseando por las instituciones, por el Cabildo, y vendiendo, en otras épocas, productos para sufragar los costes del Carnaval”. En 2008, Manolo Saavedra fue pregonero de las carnestolendas y dos años más tarde sería nombrado “reina de Carnaval” en una edición sin sello oficial.

Ahora pasea por las calles de la ciudad capitalina con su fiel Lope, un labrador que lo acompaña desde hace cinco años y sobre el que tiene una fe ciega: “Pongo mi vida en él y voy a cualquier parte”, explica. En la tranquilidad de sus días, las pocas contrariedades que experimenta se centran, principalmente, en los muchos obstáculos que tiene que sortear cuando sale a la calle. No se respetan las normas de accesibilidad de Canarias, “las terrazas deberían ubicarse a 1,4 metros de la pared para favorecer el paso, los parquímetros ocupan gran parte de las aceras, y ni siquiera el Palacio de Formación y Congresos está adaptado”, se lamenta. A su juicio, existe “poca voluntad política para cambiar las cosas y una barrera mental que impide que se progrese en la sociedad”.

En esta línea, recuerda el proyecto ‘Fuerteventura accesible’ que motivó la firma de un convenio entre la ONCE y los dirigentes de la anterior Corporación insular para mejorar la accesibilidad en la Isla. Por eso, pide al presidente del Cabildo, Marcial Morales, “que si no hace nada que por lo menos no estorbe y que piense en recuperar el convenio o rubricar otro acuerdo similar que esté también dirigido a convertir la Isla en un lugar para todos”.

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