10
Jul
2017
Manuel Riveiro

El hombre llega acelerado al muelle de Corralejo, a bordo de su Mercedes deportivo, para coger el último Armas a Lanzarote. Es sábado y ha sido una buena semana. En la moneda al aire en la que en ocasiones se convierte la Justicia, esta vez le ha salido cara. Hace cuatro días que el Tribunal Superior de Canarias le acaba de lanzar de nuevo a las portadas de los periódicos: anula su expulsión como consejero del Cabildo, en marzo del año pasado. La benévola sentencia considera que, aunque haya sido condenado a nueve años de inhabilitación, no hay que ser tan duro, que no puede ser alcalde, condición en la que cometió el delito, ni tampoco concejal, pero sí consejero. Y ya piensa en la vuelta a primera línea, en el regreso triunfal a la Corporación insular que preside “el santo sin canonizar” de Marcial Morales, como burlonamente le llama, y su imaginación vuela hasta las próximas elecciones. Suelta su primer eslogan: “Seré presidente con 79 años, para que sepan cómo es gobernar una Isla”.

Empieza a declinar la tarde sobre la Bocaina mientras se pasea por la cubierta del barco, americana de sport, vaqueros y playeras, y percibe alguna mirada de reojo. Siente que todavía le reconocen. No es el que fue, pero sigue atesorando cierto poder. Lo que más temen los líderes de su clase es el olvido. Y lo que más valoran es la fidelidad inquebrantable. No hace mucho que se ha cobrado, servida en plato frío, la venganza de descabalgar de la Alcaldía a quien fue su número dos y prefirió dejar de obedecerle en el hundimiento final de su carrera política. Tan solo once días después, la Audiencia Provincial le condenaría, de nuevo por prevaricación, a cinco años de inhabilitación. Para evitar contradictorias interpretaciones posteriores, esta vez para cargo público, “electivo o de libre designación, a nivel local o insular en Fuerteventura”. Al poco de tomar posesión en el 99, planea y ejecuta la venta de 125.000 metros de una parcela donada 17 años antes al Ayuntamiento para que los vecinos de Corralejo pudieran acceder a solares. Esa altruista finalidad nunca se cumplió.

Domingo González Arroyo y Dimas Martín, cada uno a su manera, se resisten a reconocer que su tiempo en la res publica hace mucho que expiró. Prefieren seguir en su particular montaña rusa

Domingo González Arroyo, el hombre que manejó a su antojo durante años el Norte de la Isla, que porta orgulloso el blasón de ‘Marqués de las dunas’, vive instalado en el corto plazo, en la huida hacia adelante. Saca pecho de las pequeñas victorias y pierde la perspectiva del complicado panorama procesal que se le avecina: la Fiscalía pide para él cuatro años de cárcel –y otros nueve de inhabilitación- por atrincherarse en el Ayuntamiento de La Oliva durante meses, por ejercer de alcalde estando inhabilitado. Llegó a ordenar el cambio de cerraduras y tuvo que ser desalojado en diciembre de 2015 por la Policía. Se sentará también en el banquillo por el caso Baku, en donde le piden tres años de prisión, por prevaricación y por dejar de cobrar tributos que le correspondían a las arcas públicas del Ayuntamiento.

Con todo, González Arroyo sigue teniendo –al menos hasta hace un par de años- sus 1.500 votos en La Oliva y sus 2.800 en el Cabildo. Un botín por el que espera abalanzarse el Partido Popular. Hubo un tiempo en el que el poder político en Fuerteventura y Lanzarote, especialmente en sus principales zonas turísticas, esas incansables gallinas de los huevos de oro, estuvo en manos de Domingo González Arroyo, Dimas Martín –con problemas judiciales mucho más graves que el Marqués- y Honorio García Bravo. Los dos primeros nunca admiten que delinquen sino que cometen “errores” y, cada uno a su manera, se resisten a reconocer que su tiempo en la res publica hace mucho que expiró. Prefieren seguir en su particular montaña rusa: “Queda Domingo para rato”.

* Foto: Gabriel Fuselli.

1 Comentarios

Cuando caerá este?. Personaje soberbio y mala persona.

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